José Monje Cruz, Camarón de la Isla, nació en la Isla de San Fernando (Cádiz-1950). Se le acusó durante años de atentar contra las raíces más puras y profundas del flamenco, él siempre se declaró culpable.

Paris 1987, Simplemente cante y toque, fórmula perfectamente ideada a través de los siglos, Camarón y Tomatito, torrente de voz y guitarra que inunda los sentidos, flamenco en estado puro (“no frills”).

Camarón nunca fue un cantaor de cuarto, siempre estuvo en directo, con su pañuelo a rayas en la solapa, hincando las uñas en la silla de nea, desgarrándose la voz y el alma con cada quejio, hasta el 2 de julio de 1992, cuando levanto la voz a las siete y diez de la mañana, y dijo “Omaita, ¿qué me pasa que me estoy muriendo?”. Los médicos afirman que murió, yo no lo creo.

Es noche oscura, oscura de terciopelo. Sin luna. Una venta en el campo, alejada de la ciudad. Unas chumberas. En el amarradero, un bonito cartujano. Una voz y una guitarra surgen desde el interior de la venta, sólo Manolo Caracol puede estar haciendo aquello con el cante.

Las puertas abatibles de la venta se abren y un hombre joven, vestido de cuero negro con chapeados de níquel en la chupa, botos jerezanos negros, gafas negras y pelo rubio, aparece en escena. El joven rubio le indica al tocaor que ponga la cejilla en el cinco por medio. Caracol vuelve un poco la cabeza, lo mira, y lo reconoce:

-¿Qué pasa, Camarón?
-Nada, maestro. Pasaba por aquí, le escuché y me tuve que parar. Además, la verdad, tenía ganas de cantar un rato.

Camarón cantó al cinco por medio y el silencio se adueño de la venta. Caracol remató la copa de cazalla. Y pidió otra. Mientras se la servían, dijo: Ponla al seis por medio, muchacho. Camarón sonrió. Caracol arrancó muy fuerte y llegó justo al remate con las manos cerradas. Y dijo:

-¿Tú quieres tomar algo, José?
-Gracias, maestro. Pero no. Y tú, ponla al siete por arriba.

Caracol se aflojó el pañuelo florido que llevaba en el cuello. Mientras José cantaba, cerró los ojos, se vio a sí mismo, un rey viejo y borracho. Y escuchó.

 

En mi mente,
el orgullo y el querer
se pelean en mi mente;
una guerra sin cuartel
donde no existe la muerte;
sólo existe una mujer.

 

El silencio, ahora, se podía cortar con un cuchillo. Caracol se puso en pie, apretó los puños y salió a la arena del siete por medio:

 

Que me costó un dineral,
yo tenía un caballo bayo
que me costó un dineral,
y ahorita lo ando vendiendo
por lo que me quieran dar.
¡Esa es la pena que tengo!

 

Y cayó reventado en la silla. Sin aire. Casi sin vida Levantó la copa de cazalla al aire con la grandeza y el misterio de los perdedores. Y luego, siguiendo su costumbre, atornilló el aguardiente de un trago.
Antes de que pudiera dejar la copa sobre la mesa, Camarón dijo:

-Ahora le voy a cantar un fandango maestro, que se lo dedico yo a usted... Pon la cejilla en el ocho, niño. Por Huelva.

Malpago,
adiós, calle del Malpago,
cuántos paseos me debes,
cuántas veces me han tapao
la sombra de tus paredes,
las tejas de tus tejaos.

 

Camarón apoyó la mano en el hombro de Caracol y le apretó suavemente. Luego, despacio, muy despacio, el hombre vestido de negro desapareció tal y como había venido, en una reluciente Harley Davidson, niquelada y silenciosa como la muerte.

Por Juán Pablo Fernández