');
}
else
{
document.write('
![]() |
|
José Monje Cruz, Camarón de la Isla, nació en la Isla de San Fernando (Cádiz-1950). Se le acusó durante años de atentar contra las raíces más puras y profundas del flamenco, él siempre se declaró culpable.
Camarón nunca fue un cantaor de cuarto, siempre estuvo en directo, con su pañuelo a rayas en la solapa, hincando las uñas en la silla de nea, desgarrándose la voz y el alma con cada quejio, hasta el 2 de julio de 1992, cuando levanto la voz a las siete y diez de la mañana, y dijo “Omaita, ¿qué me pasa que me estoy muriendo?”. Los médicos afirman que murió, yo no lo creo.
Es noche oscura, oscura de terciopelo. Sin luna. Una venta en el campo, alejada de la ciudad. Unas chumberas. En el amarradero, un bonito cartujano. Una voz y una guitarra surgen desde el interior de la venta, sólo Manolo Caracol puede estar haciendo aquello con el cante. Las puertas abatibles de la venta se abren y un hombre joven, vestido de cuero negro con chapeados de níquel en la chupa, botos jerezanos negros, gafas negras y pelo rubio, aparece en escena. El joven rubio le indica al tocaor que ponga la cejilla en el cinco por medio. Caracol vuelve un poco la cabeza, lo mira, y lo reconoce: -¿Qué pasa, Camarón? Camarón cantó al cinco por medio y el silencio se adueño de la venta. Caracol remató la copa de cazalla. Y pidió otra. Mientras se la servían, dijo: Ponla al seis por medio, muchacho. Camarón sonrió. Caracol arrancó muy fuerte y llegó justo al remate con las manos cerradas. Y dijo: -¿Tú quieres tomar algo, José? Caracol se aflojó el pañuelo florido que llevaba en el cuello. Mientras José cantaba, cerró los ojos, se vio a sí mismo, un rey viejo y borracho. Y escuchó.
En mi mente,
El silencio, ahora, se podía cortar con un cuchillo. Caracol se puso en pie, apretó los puños y salió a la arena del siete por medio:
Que me costó un dineral,
Y cayó reventado en la silla. Sin aire. Casi sin vida Levantó la copa de cazalla al aire con la grandeza y el misterio de los perdedores. Y luego, siguiendo su costumbre, atornilló el aguardiente de un trago. -Ahora le voy a cantar un fandango maestro, que se lo dedico yo a usted... Pon la cejilla en el ocho, niño. Por Huelva. Malpago,
Camarón apoyó la mano en el hombro de Caracol y le apretó suavemente. Luego, despacio, muy despacio, el hombre vestido de negro desapareció tal y como había venido, en una reluciente Harley Davidson, niquelada y silenciosa como la muerte.
Por Juán Pablo Fernández |