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Me dijo casi murmurando.
Conocí hombres valientes, muy valientes. Atrevidos. No le tenían miedo a la muerte. Por supuesto que tampoco la muerte les tenía miedo a ellos. Los ví con mis ojos, con estos ojos. En guerras, en peleas, en amores, en trabajos duros, muy duros, en tiempos de cólera y de paz. Eran hombres que asustaban por su frialdad. Hombres que paralizaban sólo con mirar al enemigo. Este pueblo, hoy muerto, sí, muerto, estaba lleno de hombres así. Más que sangre, lo que tenían en el cuerpo era dinamita.
Cerró los ojos y murió.
Me quedé como el único hombre vivo de Montesplanos. Yo y mi perro. Las palomas, los conejos, las liebres, algunos lobos, aves que me importaban un carajo y, como era invierno, con un frío espantoso.
Le di sepultara a Lorenzo C. y recé un Padre Nuestro. Casi anochecía. Del cementerio a mi casa me pegué media hora. Dejé el carro por fuera de la puerta y me metí para no volver a salir hasta la mañana siguiente.
No dormí, pero logré engañar a la noche cerrando los ojos y dando vueltas en la cama. De vez en cuando hablaba un poco de cualquier cosa.
Lavándome la cara me quedé un rato mirándome al espejo. ¡Qué feo! Me había echado a perder. Ojeras como nubarrones amenazantes. Un pelo escabroso.
Después de desayunar me senté en el comedor y comencé a leer los papeles que Lorenzo C. había dejado escritos para que no se olvidara la vida de unos hombres que dejaron huella en Montesplanos.
Decían así:
No era general, pero como si lo fuera. Más que general, un rey. Así era Patricio R. Fuerte, aguerrido, amante insaciable. Bebedor. Peligroso, muy peligroso. Callado. A lo largo de su vida pronunció muy pocas palabras. Una vez dijo ¡basta!, y bastó, ya lo creo que bastó.
Me hice amigo de él para que Julián A. me dejara tranquilo unos cuantos años. Amigo en realidad no tenía ninguno, y tampoco le hacía falta tenerlos. Yo decía que era su amigo, pero no lo era. En el mejor de los casos era su criado, su hombre de confianza. Su sombra.
De vez en cuando me pegaba, sobre todo cuando no podía matar al hijoputa de Mateo Y. Eso le enfurecía. Mateo Y. se había casado con la hermana de Patricio R. sin recibir su autorización. Es más, Patricio le dijo a Eugenia R. que la mataría si llegaba a casarse con aquél, cosa que cumplió la misma noche de bodas.
Al entierro de la pobrecita acudió Patricio pero no Mateo, que se marchó a Vietnam en busca de unas avispas asesinas. Regresó dos años después cansado de tanta picadura, pero con el veneno en el cuerpo y con ganas irrefrenables de volver a casarse.
Patricio le prohibió la entrada y también le prohibió que volviera a casarse. Eso no lo aceptó Mateo, que al igual que Patricio era fuerte, ruin, bebedor y con dos manos como dos meteoritos.
A piñas se fueron dando por todo el pueblo. Una piña tras otra, una piedra tras otra, una raja tras otra. Pasaron las horas.
El cura D. Manuel tuvo que intervenir porque faltaba poco tiempo para la misa de tarde. Los dos hombres dejaron de pegarse, y con el consentimiento del cura sólo se insultaban y se escupían con mala idea.
Después de la misa D. Manuel les mandó llamar para averiguar si resucitando a Eugenia R. se podía arreglar el contencioso. A Patricio le pareció una idea absurda, porque nada más volverla a ver caminar por el pueblo volvería a pegarle la misma puñalada en el corazón. D. Manuel le recordó que si la hacían resucitar, ya no tendría corazón. Y Patricio pensó que entonces el puñal se metería por el pulmón, por la barriga, por el coño, por la cabeza, por los ojos, por cualquier parte.
La verdad es que Mateo la había olvidado.
D. Manuel desistió, ordenando a continuación que se pelearan en el cementerio, a las puertas del cementerio. De esa manera, si uno de los dos moría en la pelea, el cura le perdonaría los pecados y a casa a cenar.
Murió Mateo Y. porque Patricio R. le reventó la cabeza contra una piedra enorme que el cura había colocado en las proximidades del lugar. Pero eso sí, sin favoritismos.
Al entierro fueron todos los hombres. Todos juraron matar a Patricio Y. Y Patricio les amenazó con matarlos. El cura no puso paz, porque no sabía cómo hacerlo, pero sí dijo que matar era pecado, cosa mala, que una vez él lo hizo en guerra y desde entonces no se quita la sotana. Ni para follar.
Después de Mateo Y. fue Patricio R. el que se fue de esta vida hecho un asco. Los otros hombres cumplieron su palabra. Lo mataron al verano siguiente, en el transcurso de una pelea de perros. Primero un hachazo, luego varios palos, pedradas, patadas y ahora no me acuerdo si también le dieron con un crucifijo.
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Por Cipriano |